Frases y Versos Malditos

"Un libro que es leído una vez,es un libro que no ha sido leído."

Julieta Zárate Solís

martes, 17 de enero de 2012

Mosca y Blanca

La escuchaba zumbar sin descanso cuando por fin lograba conciliar el sueño. ¡La odiaba con toda mi alama! No es que sea prejuiciosa, pero he escuchado que siempre que rondan por la casa es porque el mal anda cerca.

Me levanté, como todas las noches, a cazarla como el felino que espera a su presa en las sombras. Callada, muy callada, me senté en el sillón a esperar.

¡Ahí estaba! No podía verla, pero podía escucharla. Su asqueroso zumbido taladraba mi cabeza de forma dolorosa, provocaba en mí una incontrolable necesidad de vomitar, de gritar, de llorar, era como el golpe que produce la bota del verdugo cuando se aproxima a la guillotina a degollar a su víctima.

De pronto se detuvo. Espere unos momentos para volver a escucharla, pero aquel odiado zumbido no regresó. Poco a poco, el sueño fue venciendo mi lucha y no supe nada más hasta el amanecer.

Al despertar, como todas las mañanas, miré a mi alrededor para intentar sorprenderla y matarla de una buena vez, aplastarla llena de gozo ante su muerte. Sin embargo no pude verla por ningún lado.

Bajé a la cocina y me preparé mi desayuno, me duche y me salí. La mañana era hermosa, tan clara y perfecta que la pesadilla nocturna desapareció por un buen rato.

De pronto, sentí una mirada penetrante en la nuca, mi cuerpo entero se erizó y me quede quieta, como una estatua de piedra. Lentamente, muy lentamente, me gire para descubrir a mi observador. Detrás de mi no había nadie, pero a mis oídos llegó con increíble claridad aquel odioso sonido.

Corrí lo más rápido que pude. ¡No podía ser! ¡Me seguía sin descanso! ¡Mi tortura más grande! ¡La odiaba! ¡La odiaba!

Entonces pude verla con claridad, posada tranquilamente sobre un bote de basura. En ese momento, mi vida pareció detenerse. ¡Parecía tan simple volver una mano y golpearla con todas mis fuerzas…! Pero no me atreví, no me atreví a ensuciar mi mano con su pegajosa sangre. Así que con increíble rapidez la atrapé entre mis manos. Sentí su poderoso golpeteo contra la cárcel que había creado para ella. ¡¿Qué se siente creatura miserable?! ¡¿Quién está ahora atrapada en la otra?!

Corrí de vuelta a casa, abrí la puerta como pude sin cerrarla, tropecé en el escalón de la cocina, me levanté como pude y lo más rápido que pude, la metí en un frasco sin salida alguna.

¡Por fin! ¡Era mía y de nadie más! ¡Mía solamente!

Regresé a cerrar la puerta y me senté en la cocina a contemplar su lenta y tortuosa agonía mientras su aleteo era cada vez más lento y débil.

Ahí estaba yo, y ahí estaba ella, desvaneciéndose frente a mí que sonreía de placer.

Pero entonces sucedió lo inimaginable:

Empezó con una tenue molestia, después se convirtió en una incomodidad que no podía pasar por alto y finalmente el sudor bañaba mi frente y mis dientes chocaban unos con otros con desesperante nerviosismo.
La miraba y ya no sentía ese mismo enfermizo placer. Era casi como si se tratara de mí, encerrada en un gran frasco de cristal bajo la mirada penetrante de mi asesino.

Desesperada no pude más y quité el frasco para que ella pudiera ser libre. Sin embargo ahí se quedó, quieta, apenas moviendo débilmente una de sus alas.

¡Por favor, por favor!¡No ves, estúpida, que te he dejado en libertad!

Sin saber muy bien porque, de mis ojos brotó una fría lágrima que calló justo sobre ella, bañándola en mi inexplicable desgracia.

Espere… ¡Bzp! ¡Bzp, Bzp!

¡Por fin! Mi alama se llenó de alegría y poco a poco el zumbido de sus alas se hizo más potente hasta poder alzar el vuelo, detenerse frente a mí casi como si pudiera mirarme, y marcharse por la ventana.

Llegó la noche y espere entonces la tortura de su presencia, pero esta nunca llegó. En su lugar, entre sueños, pude ver como se posaba en la cabecera de mi cama, con blanca elegancia, una bella mariposa, pequeña y delicada, el regalo del perdón ante la culpa.

Nunca más volví a escuchar ese grito en mi memoria.