
Ayer estaba pensando en crear una historia o un breve escrito sobre un hombre que tocara el piano. Poco después, sumida en ideas eróticas y deseos olvidados, se me ocurrió sumarle a aquella hermosa imagen una mujer… Se escucha en los labios de la gente culta que lo hombres que hacen arte con las manos, son hombres que conocen el arte de amar carnalmente a otro, así que pasó por mi mente el crear una historia erótica-romántica entre un pianista y una mujer, algo que entre notas musicales, relacionara la suavidad de aquellas manos con un cuerpo erógeno y libre. Más tarde me di cuenta que faltaba otro pequeño detalle y era el ambiente: Pensaba en algo silencioso, claro y delicioso, de ahí una copa de vino por ejemplo, o quizá una gran habitación con grandes ventanas que iluminara de forma clara la estancia en donde una pareja hace el amor. Por otro lado, ¿cómo mezclar una pareja haciendo el amor y a un pianista? ¡Bingo! Agregar otro personaje. Primero pensé en otra mujer, pero desistí y decidí colocar a otro hombre. Ya lo tenía: una pareja haciendo el amor mientras un pianista los observa excitado y desesperado, de esta manera la música de aquel hombre adquiriría tal desesperación conforme aumentaba su deseo que terminaría en el colapso cuando, desesperado, rompe el ambiente con un grito… un orgasmo. Nos damos cuenta con esto, de cómo es que dentro del arte de la seducción, existen infinidad de variedades, formas, imágenes en fin… el piano a mi parecer es un instrumento erótico y sensual cuando se sabe tocar de la manera correcta, no me pregunten el por qué.
A todo esto amigos míos, ustedes se preguntaran que tiene que ver con ustedes un pianista y un orgasmo… Amigos míos este es el arte de seducir, ¿Saben ustedes la respuesta? Cuando mis manos se cansaron de escribir y mis ojos lloraban de agotamiento, fui consciente con total claridad de lo que implicaba el hecho de encontrar en un instrumento una fantasía. Más tarde me encontraba yo caminando por las calles de la ciudad de México en busca de una respuesta más clara de la que se formulaba en mi interior. Observando a la gente, como conviven los unos con los otros me di cuenta de lo importante de conocer, adquirir, aprender nuevas formas de seducir.
Por último, en todo este mar de vagas ideas, confusas y poco claras, tropecé con otro personaje dentro de mi historia: Tenía yo al amante, al pianista y a la joven, pero algo seguía faltando. Era yo, al otro lado del río, sentada en una banca pensando. ¡Cuanto trabajo me llevo concluir por fin que lo que faltaba dentro de la historia era el hecho de no poder vivirla! y a gracias a esto comprendí que yo era el piano, el pianista, el amante y la joven, no solo por que yo los hubiese creado, sino porque yo era parte de ellos como ellos de mí… cuando la primera lágrima afloro en el rostro del pianista y la última nota sonó entre sus manos, fuel el momento exacto en el que yo, sumida en mis ideas grite tu nombre al olvido…
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