
¿Que es lo que más te atrae de mi? ¿Mis senos? ¿Mis piernas? ¿O la lengua que recorre lentamente tu pecho desnudo? Quizá sea la mordida en el hombro, suave y deliciosa, aquella delicada mordida que te hizo gemir con fuerza, o quizá sea la caricia en la entre pierna y esa ardiente mirada directa a los ojos, como una bala que se incrusta en lo más profundo de la carne, hirviendo en demostrar su firmeza y su poder. ¿Qué es lo que más te atrae de mí? ¿Mis cabellos que al ritmo de la música acarician de forma sensual tu pecho desnudo? Puede ser que sean mis manos, que hacen que tu piel se erice, se excite, sude… Incluso es posible que sean mis labios, aquellos que han tomado los tuyos y los han besado con fuerza, sin permiso, sin remordimientos, esos labios que te han tomado de sorpresa y te han llevado a un lugar que te era desconocido, un lugar en el que puedes oler los colores y escuchar los sabores. ¿Qué es lo que hace que en cada uno de tus gemidos nocturnos y en cada uno de tus despertares a media noche, desees que la luz de la Luna sean mis manos mientras te desnudas ante ella con la esperanza de que escuche tus gritos y te deje sentir en carne viva el sabor del placer?
Yo se lo que es. Es lo mismo que me asalta a mí, mientras el agua de una regadera fría y deliciosa en una tarde de verano me moja, es lo mismo que me persigue mientras corro lejos de ti, tratando de imaginar que el camino que recorro es cada vez más corto cuando en realidad se extiende hasta el infinito. Entonces es cuando nos rendimos, tratando de huir el uno del otro, y nos damos cuenta de lo mucho que necesitamos la presencia viva de la persona que en nuestros sueños nos abruma sin control, que la necesitamos con urgencia, que necesitamos sus manos, que necesitamos sus gemidos, es cuando nos damos cuenta que no hay para nosotros placer más grande que el de correr, gritar y caer libremente dejándonos llevar por la sensación del aire golpeando nuestro rostro, la sensación del otro haciendo realidad lo que todos han llamado Tabú.
Corre, no te detengas nunca, corre, no dejes que los otros te convenzan de que el placer es lo que destroza a los hombres, confía en mí, en mi mirada seductora, en mi roce provocativo, confía en aquella que ha cruzado la línea, aquella que se dio cuenta de lo que es en realidad el placer. No tengas miedo, no escuches los gritos fastidiosos de la culpa, no hay culpa en esto, solo pación, pación y una deleitosa copa de vino derramándose en el cuerpo de la noche y en su ardiente y blanco rostro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario