Vivir en el sigo XXI es añorar los siglos pasados. Vivir en la juventud indiferente que me abruma cuando miro a la Luna, es el veneno que pudre mi sangre como el cáncer que te come a ti cuando el humo devora tus pulmones. Aún siento en lo más profundo de mis heridas palpitantes y putrefactas tu presencia.
Ayer mi rostro era la Luna, brillante y hermosa, esperanza y sueño. Hoy mi rostro es la amargura, el terror y el rencor, hoy mi rostro es el tatuaje del diablo, hoy mi rostro es el perfecto ejemplo de vino derramado en la entrepierna de una mujer que ha jurado ser virgen y que quien la ha penetrado ha sido su marca en la cara… la que la ha quemado de niña.
En sus ojos se veía la puerta al cielo, ahora se ve el abismo y sus labios susurran “¡Puta!”. Esta es la adolescencia, un canto de cuervos, un rio de sangre, tortura de pasiones, el día más soleado y el terremoto más terrible. Corremos por el camino que tanto se han esmerado en construir para nosotros, pero cuando nos miran nos acusan de ser los culpables de haber confiado en el camino, de haber llorado la perdida de aquellos que tiempo atrás… habían sido nuestra estrella y nuestro Sol.
Como duele la realidad. Sabernos perdidos y soñarnos encontrados… ¿Por quién? Por las rocas que en el camino nos miran y han jugado el papel de darnos consejos que nos llevaran a volvernos como ellas… frías, dependiendo de los rayos del sol para encontrar cierto calor que opaque un poco nuestra perdida y nuestro dolor oculto. Cuanta pena, como duele la realidad y los golpes que ella, día tras día, se esmera en proyectar contra nuestras sombras heridas.
Por fin me decido a correr hacia el abismo. Con todas mis fuerzas corro hacia el acantilado y no espero que nadie me tome en el último momento, solo espero que me dejen caer, que me dejen ser consumida por las violentas olas del mar para no volver a ver más mis tristes lágrimas que arden más que el fuego en las entrañas. Entonces corro, corro lejos y fuerte hasta que mis pies sangran y suplican otra oportunidad… yo no se las doy, estoy harta de ser engañada, usada, maltratada, herida, golpeada… Cierro los ojos y me dejo caer mientras el viento golpea mi rostro con fuerza y, por primera vez en mucho tiempo, me siento libre, en paz, feliz…
Peto entonces, cuando las olas más altas lamian mi rostro invitándome a sumergirme en su ceno, unas alas rajaron mi espalada haciéndome gritar de dolor y obligándome a alzar el vuelo lejos de mi añorada tranquilidad. Son las alas de la esperanza… que al nacer rajan nuestro ser, doblegándonos de dolor y de furia, dándonos la fuerza para derrotar la gravedad, el peso del aire y de las acusaciones que tiran de nuestro cuerpo hacia el vacío. Entonces, mientras esas alas me llevan hacia el mismo sol, es cuando comprendo que no ha llegado aún el momento de caer… aún tengo fuerza para que sea el Sol quien apague mi vida para que me convierta yo en una estrella más a su lado… eternamente.
Antes de que el Sol apague mi vida puedo ver un destello de luz, es hermosa y perfecta y tiene la sombra de todos aquellos sueños que yo creía perdidos y olvidados… esa luz soy yo… he vuelto a la vida después de la caída en picado que es la adolescencia… mi adolescencia.
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