Es en la furia de un momento inesperado o en la soledad de un momento en el olvido donde nos damos cuenta de la falta que nos hace un objeto inanimado que pueda rosar nuestras manos, que no escupa versos melancólicos, pero que sobre todo, sobre todo, no sea a lo que más hemos de temer.
Así pues siento tu presencia a mi lado, un aliento frío, fétido. No quiero ni pensar la furia que ha comido tus más frágiles sentimientos y los ha vomitado en el basurero al que van a parar todas las ideas olvidadas, los pensamientos reprimidos y los seres vacíos.
Eres… ¿Qué eres tú? “Nada” Respondes “No soy nada, ni nadie, no soy lo que hueles, lo que sientes, lo que vives, lo que amas o lo que odias. Simplemente soy, y ese ser sin explicación es lo que te atormenta en tu desolación. Soy, los relámpagos de la tormenta que queman cualquier signo de vida, incendiando la fuente de sabiduría y de silencio, soy tu más intimo pensamiento de deseo, tu más odiado amanecer… sin embargo también soy la luz que ilumina inevitablemente tu camino, soy la que te seguirá a donde vallas, por las tardes seré silenciosa como un gato negro, pero al llegar la oscuridad no harás más que gritar suplicando que me calle, que se calle aquella que no hace más que susurrar a tus oídos tus temores y tus culpas.”
La vuelvo a mirar, no tiene sexo, pero así se hace llamar, un nombre sin sonido, un nombre estruendoso, un nombre asqueroso, un nombre hermoso. La miro y veo en ella el temor que tanto se esmera en ocultar, escondida en un caparazón putrefacto teme hacerse olvidar. Toco su piel, acaricio su cuello, beso sus labios.
“A mi no has logrado intimidarme con tu vestido negro, y tus palabras sumergidas hasta el cuello en la mentira, no has logrado provocar en mi otro sentimiento que no sea culpa, compasión y amor. Es verdad que al principio del tiempo me has dado una imagen tan asquerosa que había decidido alejarme de ti para siempre, pero ahora que te miro a los ojos, no veo otra cosa más que el reflejo de todo aquello a lo que he temido y no he querido afrontar. Ahora que lo hago, me doy cuenta que no han sido más que los errores de alguien cobarde, ¡maldito!, los que han hecho de ti una sombra sin boca para decir todas tus penas y llorarlas a lagrima viva en el hombro de un buen hombre. Sin embargo nadie puede cambiar tu vestido, y ya es tarde para que en ti, alguien quiera sonreír alegremente, pues en tu frente despejada brilla un lunar hermoso como una perla que reluce calidamente en el fondo del mar, que invita a todo aquel que se atreva a mirarte, a llorar largamente y pensar.”
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