Dormía tranquilamente sin ser consiente de la tormenta brutal que se desataba a su alrededor. La gente gritaba y sangraba mientras su rostro no sufría la menor transformación. El aire era denso y su mirada estaba cubierta por dos delicados parpados escondiendo como dos telones una obra siniestra y oscura.
Era tal el dolor que abrumaba su mente que todo había quedado olvidado. Ya no distinguía entre bien y mal, entre amor y odio, entre furia y placer. Quizá era por eso que para los hombres era tan fácil cortejarla pero tan difícil amarla. Ella miraba silenciosamente la noche a la espera de poder revivir aquellos bellos recuerdos. La dama vestida de blanco la mira en la distancia pero no responde a su grito de furia.
Llega el amanecer y ella sigue sentada con la mirada perdida en el horizonte. Una roca grande a lo lejos, fría como su corazón, es iluminada lentamente por la luz del sol. Ella mira la fría roca con nostalgia.
Los dos pequeños telones se abren repentinamente dentro del caos. Sus ojos, dos grandes posos negros, miran alrededor. Se mira las manos bañadas en sangre con unas cicatrices de procedencia desconocida. ¿Cuánto tiempo ha estado en aquel lugar, dormida sin ningún otro movimiento más que el del viento al revolver su cabello.
El caos termina de pronto, la gente deja de gritar, la sangre deja de correr, la vida se detiene por unos segundos y ella mira en al distancia la misma roca que entre sueños le susurraba un rojo amanecer.
Sonríe y piensa: “Nada tiene sentido, ni el caos, ni el bien, ni el mal, ni el amor, ni el odio, ni este relato o el otro, pues la vida solo es una roca en el horizonte iluminada lentamente por el sol para que después de unas horas la luna le arrebate su calor” Cierra los ojos nuevamente para no abrirlos nunca más y el caos como si recibiera una orden se desata de nuevo.
Sin embargo a lo lejos una paloma de colores indefinidos se posa en la roca. Le da vida.
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