
Cayendo a pedazos, no siento ya la más minima atracción por aquel ser que alguna vez, en mí, prendió un fuego esplendido, violento, voraz, ardiente, desesperado, furioso… no siento ya, aquel dolor desesperante que me provocaba estar lejos de aquellos labios que tanto deseaba morder, por enredar mi lengua con la suya, por lamer su cuerpo y disfrutar de todas aquellas sensaciones orgásmicas dentro de un poema hermoso. Ya no quiero sentir el calor de su cuerpo al lado del mío, solo quiero ver su sangre correr por los pasillos de mi mente, solo quiero ver sus lágrimas caer, su mente estallar de locura ante la desesperación de no poder volver a poseerme jamás. Mi risa es los truenos de su tormenta, mis ojos las perlas malditas de su fortuna perdida. ¡MUERTE! ¡MUERTE AL QUE EN MI SEMBRO LA FURIA Y EL DOLOR! Muerte… al que enamoro a la muerte creyendo que así se libraría de ella, y lo único que logro es que ésta le odiara, y ahora por eso… esta muerto.
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