Frases y Versos Malditos

"Un libro que es leído una vez,es un libro que no ha sido leído."

Julieta Zárate Solís

viernes, 17 de diciembre de 2010

Jostein Gaarder

“Tal vez seas muy espabilado, pero creo que te conoces mal a ti mismo. Primero entraste en la pizzería con el Corriere della Sera bajo el brazo, lo que me hizo pensar que seguramente eras italiano, e incluso tal vez algo tan inusual por estos lares como un intelectual. Luego te sentaste y me dirigiste una mirada, una mirada que no revelaba gran cosa, pero que al menos me confirmo que no eras homosexual. Pediste pizza y cerveza, por lo que llegué a la conclusión de que quizá y a pesar de todo tal vez fueras extranjero, aunque al parecer dominabas la lengua italiana. Me volviste a mirar de reojo, pero creo que en esa ocasión sólo te fijaste en mis pies y en mis sandalias blancas. Me preció un detalle importante, porque no todos los hombres miran los pies de una mujer. Tú lo hiciste, posaste la mirada en mis pies, examinaste mis sandalias, lo que me indicó que eres una persona sensual. Luego abriste el periódico y buscaste inmediatamente la sección de cultura, lo que me hizo pensar que incluso eras una persona interesada por la cultura. Una vez más me miraste, sólo un segundo, pero fue una mirada firme y constante. Lo que quizá no recuerdes es que esa vez si correspondí a tu mirada. Aunque por un instante, fue la primera vez que nos miramos a los ojos, fue nuestro primer momento de intimidad, pues mirarse a los ojos sin desviar la mirada, que es lo que suele hacerse cuando dos miradas se encuentran casualmente, puede ser algo bastante íntimo. Fue una mirada recíproca. Sospeche que con esa mirada intentabas averiguar mi edad, pero puede que me equivocara. Había acabado la lasaña e intente encender un cigarrillo con un mechero que no tenía gas. Tú me estabas observando, pero no creo que repararas en que me había dado cuenta de que me observabas. Todo duró unos cinco segundos, lo justo para haberte acercado a mi esa a darme fuego si lo hubieras tenido, al menos si eras como yo pensaba que eras. Pero fui yo quien se levantó y dio unos pasos hacia tu mesa para pedirte fuego. Entendiste mi italiano, pero también notaste que era extranjera por el acento. Dijiste que no fumabas, pero e el transcurso de dos segundos cogiste un mechero de otra mesa, te encargaste tú mismo, o mejor dicho, no tuviste nada en contra de encenderme mi cigarrillo, más bien te alegraste de que te lo hubiera pedido. El modo de hacerlo me indicó que no era la primera vez que encendías un cigarrillo a una mujer. Cuando te agradecí el gesto, cubrió tu cara una sombra que me reveló que te encontrabas atravesando algún tipo de dificultad, que estabas buscando la confianza de otra persona y que esa persona podía ser yo. Me di la vuelta y volví a mi mesa –tardé segundo y medio-, y noté tu mirada en mi nuca, aunque también pude habérmelo imaginado. Dejaste el dinero de la cuenta en la mesa y te levantaste para marcharte; en ese momento me miraste con una especie de nostalgia y me dijiste adiós con la mano. Ese gesto me indicó que pensabas que nunca nos volveríamos a ver. Yo te había dibujado en mi blog porque me gustaba tu cara, pero tú estabas tan poco atento que no te diste cuenta de que te estaba dibujando. Y sin embargo te sonreí con una franqueza intencionada. Con esa sonrisa quise decirte que es una vida extraña la nuestra, y te marchaste, pero tuve la sensación de que te llevabas algo que habías visto en mis ojos. El modo en el que abandonaste la pizzería me hizo pensar que subirías al Valle de los Molinos, podía haberme equivocado, pero después descubrí que no. Pensé que, si se presentaba la ocasión, tú eras una persona a la que me gustaría conocer más a fondo.

Me detuve en el estrecho sendero y la aplaudí. ¡Bravo!, dije. Sentía que me habías calado y desnudado; era una sensación deliciosa, me resultaba agradable sentir que me veían y que me conocían, fue como llegar al hogar. Hacía mucho, mucho tiempo que no me esperaba nadie en casa.”

Este fragmento del libro “El Vendedor de Cuentos” es para mí una verdadera maravilla. Quizá parece un texto simple, pero en la descripción que hace Beate de cómo vivió ella el momento en el que se vieron por primera vez ella y Petter como si fuera otro punto de vista, es maravilloso. La forma en que averigua poco a poco como es Petter por medio de unos sencillos gestos que cometemos diariamente como mirar los pies de una persona, y por medio de eso hacer que la otra persona se de cuenta de que somos un ser humano sensual, la forma en que describe como es que el la mira firmemente y comparten ambos por un momento una situación íntima es la demostración perfecta de cómo el ser humano es corporal, por más que quiera negarlo, el amor no es algo etéreo, o al menos gran parte de él no lo es, pues como podemos darnos cuenta cada vez que una persona nos atrae de una forma u otra es nuestro cuerpo el que responde y el que puede hacer comprender a la otra que la atracción es mutua.

Un libro altamente recomendado, que nos habla sobre la existencia, la fama, la imaginación, el erotismo y… la vida.

Fragmento del libro: El Vendedor de Cuentos

Autor: Jostein Gaarder

Páginas: 182 a la 184

Editorial: Siruela

No hay comentarios:

Publicar un comentario