Así pues en la oscuridad de la noche, siento tu labios besando mis senos, siento tus grandes y firmes manos acariciando mi cuerpo con desesperación mientras en el fondo de la habitación una música furiosa pero hermosa invade nuestros pensamientos.
De pronto la canción se calma… notas etéreas y melancólicas que obligan a nuestros cuerpos a separarse lentamente, es la música de la distancia. Cuando por fin alcanzamos el máximo placer, tú y yo, unidos hasta el fin, el océano frío y gris arremetió contra nosotros obligándonos a cerrar los ojos con fuerza y no mirar la tragedia que a nuestro alrededor se desataba.
Una voz, muy lejana y delicada se escuchaba entre las olas enfurecidas, con una suave guitarra en sus manos hacía que nuestras eróticas ideas se desvanecieran por un momento… un cálido momento en el que nos miramos a los ojos, ya muy abajo en el agua salada y fría. Esa mirada… esa simple mirada nos detuvo, nos hizo pensar en el otro y ese deseo irrefrenable y ardiente se interrumpió junto con los excitados latidos de nuestro corazón. Nuestras palabras se perdieron en el tiempo y al mirar dentro del cuerpo del otro descubrimos nuestro verdadero deseo… mientras tanto las olas del mar azotaban con fuerza las rocas de un acantilado que acariciaba los oscuros y fríos cielos.
Nuestro verdadero deseo… un deseo criminal. Somos humanos y nuestro deseo de sangre es imparable. Como dos enfermos deseosos de furia corremos dentro del mar hacia el vacío esperando aquello que nos llene por dentro, no es sexo, no es amor, no es cariño, no es hambre, no es sed, no es tristeza…. Es furia, la más pura de las furias, la más deliciosa y la más mortal, pues es ella la que nos llevara a morder nuestros cuerpos mientras hacemos el amor, nos obliga a devorarnos en una escena erótica…. Nos perdemos… hemos sido olvidados por lo que la gente ha llamado Dios.
Llenos de sangre, con los ojos anegados en lágrimas y el alma rota, nos hemos convertido por fin en “verdaderos hombres” somos lo que la gente aclama, somos los nombres que la gente pide, somos las voces que la gente desea, somos las almas rotas que la gente anhela…
El mar hecho una furia ya no se compara con nuestro vacío e intimidado se oculta detrás de las rocas, ya no hay nada comparado con nuestra furia, ya no hay nada comprado con nuestros ojos huecos y nuestra mirada perdida… Aunque a lo lejos hay una luz, que muestra el comienzo de un nuevo camino. Perdidos entre la multitud queremos llegar hasta ese lugar que solo comprenden los olvidados, caminamos, corremos, gritamos, y por primera vez en mucho tiempo lloramos. Entonces recordamos que nos encontramos en una cama en algún lugar perdido, haciendo el amor. Una vez más nos miramos a los ojos y los perdidos se encuentran, me besas y me pides perdón por un crimen que aún no has cometido pero que tarde o temprano emprenderás. Nos separamos y me dices que me amas, esa luz se hace aún más grande y tratamos de seguirla. Me tomas de la mano, repites que me amas y el camino hacia la luz parece hacerse más corto. Con una leve sonrisa intentamos alcanzarla pero algo la interrumpe y desaprense… es la pobre existencia del hombre, perdida, vacía. Nos volvemos a sumir en el océano… y de ahí no salimos nunca más, pues todo ha sido una ilusión, no existe salida alguna de la desesperación.
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